Lunes, 08 Junio 2015 09:57

Pintar uñas, un oficio que recluta a más y más jóvenes mujeres

Escrito por
Pintura de uñas. Pintura de uñas. Mabel Franco

Claudia y Marcia son dos jóvenes mujeres, reclutas de un ejército silencioso enlistado en las filas del empleo precario. Muchas horas de trabajo, no aguinaldo, ni simple ni doble; no vacaciones, sueldo variable, a veces menos a veces más, nunca suficiente.

Mabel Franco / La Paz

La vamos a llamar Claudia. No es su nombre, pero ella quiere proteger su identidad para cuidar el trabajo que ha conseguido. No será el mejor, pero es el único que ha encontrado hace un mes y es tan precario que no puede darse el lujo de despertar suspicacias en su empleadora.

Claudia está en el rango de edad de 20 a 30 años. Es mamá de dos niñas y tiene un esposo que trabaja en una fotocopiadora. “Lo que gana no alcanza, así que yo ayudo”. Estudió peinados en un instituto, pero donde ha hallado trabajo es un lugar dedicado a pintar uñas con diseño.

En un espacio ubicado en la zona de Sopocachi (centro oeste de La Paz), mediano y con ventanales a la calle, ella y otras tres chicas esperan sentadas detrás de mesitas a las clientas deseosas de tener uñas primorosas. Es martes por la tarde, así que no hay mucho movimiento. Sólo una de las manicuristas está ocupada; Claudia y las demás dormitan con medio cuerpo sobre la mesa.

Llega una clienta, así que las muchachas se incorporan de prisa.

Claudia apenas habla. Cuesta sacarle palabras, menos si se refieren a su empleo. Como el diseño escogido es de mucho detalle, cada uña distinta, hay tiempo para vencer su resistencia.

“Trabajo medio tiempo; hay otras chicas que están todo el día. Me toca por la tarde”. De 14.00 a 21.00, dirá luego. Como son casi las 17.00, una de las compañeras sale a comprar algo para comer. Unas empanadas de Bs 1,50. Todas dan su parte.

De manera que siete horas son medio tiempo.

¿Cuánto gana? “Depende; la dueña nos paga un porcentaje de lo que ganamos por cada clienta, y el monto a cobrar depende también del diseño”. Claudia evade la pregunta sobre el porcentaje. “Saco Bs 800 si el mes es flojo y hasta 1.200 si hay movimiento”, revela en voz baja. Habrá que creerle, aunque otra pintadora de uñas, Marcia, quien trabaja por el centro paceño, comentará al respecto: “Mmmm, puede ser que sí, pero también puede ser que no”.

No hay contrato firmado ante el Ministerio de Trabajo. Sólo un acuerdo privado que no incluye el pago de aguinaldo.

Claudia no está segura de si la dueña del local le dará algo extra a fin de año. “Ojalá”.

Uña tras uña, la charla se va animando. Sin saber cómo, Claudia ha terminado hablando del pueblo de su mamá. Caquiaviri. “Conozco”, le digo; “tienen allí una iglesia hermosa”. Parece sorprendida y por vez primera me mira de frente y sonriente. Insisto: “He viajado mucho por el altiplano, conozco historias muy lindas, algunas de terror”. Claudia se anima y recuerda los sustos que pasó junto a su hermanita caminando por la noche en un pueblo que no tenía energía eléctrica y sí muchos cuentos sobre aparecidos y hasta OVNIS.

Puntitos, rayitas, rojo, blanco y negro, las uñas van quedando carnavalescas. Claudia está irreconocible por lo parlanchina. “Este gobierno, con su doble aguinaldo nos está arruinando”, comenta. ¿Por qué? “Todo ha subido. Las caseras del mercado me dicen: hay plata, que paguen. Yo les respondo que no todos recibimos ese doble aguinaldo, pero no les importa. Si hay una marcha en contra o algo así, yo voy a participar”.

Listo. La última capa de esmalte invisible ha sido colocada. Mientras soplo mis uñas para que sequen del todo, Claudia llena un ticket en el que detalla el trabajo. Bs 15, de los cuales una parte irá para ella.

Marcia, una detallista

Marcia es una mujer dinámica. “Quienes no me conocen piensan que soy peleonera; pero no”, se describe quien podría pasar por la dueña del lugar en el que una docena de chicas pinta uñas.

El salón, metido dentro de un conjunto de oficinas en un edificio, sin ventanas por tanto, huele a químicos tan intensamente que “a veces llego a mi casa con dolor de cabeza o casi drogada”, explica esta mamá, de una edad entre los 30 y 40 años, cuyo único hijo, un joven universitario, necesita todavía de su ayuda.

En el lugar hay un solo hombre detrás de una mesita. Pero no está allí para pintar sino para anotar qué hacen las empleadas de la dueña del local que tiene otro de peinados y de pintado de uñas en el piso superior. Como Claudia, había comentado que algunos chicos se estaban animando a ser manicuristas, a instancia nuestra Marcia comenta en voz alta mirando al joven: “Ya sabes poner sellitos, ¿no? (una técnica de pintado de uñas)”. “Claro que no”, se avergüenza el varón. Su compañera de trabajo lo explica: “Tiene miedo de que crean que es gay”.

Marcia dice que trabaja hace tantos años en el oficio, que ya es independiente. Es decir, paga un alquiler a la dueña, además de que le compra a ella los esmaltes, y a cambio puede trabajar en el salón cobrando por su cuenta.

No tiene aguinaldo ni vacaciones ni seguro médico. A la de Dios pasa sus días. ¿Cuánto gana? No alcanza, es su respuesta; “por eso yo no solamente pinto aquí, me muevo a otros sitios y también peino, que para eso he estudiado”.

A Marcia se la podría llamar artista. Una flor, elegida de entre el abundante muestrario, adquiere sombra, tallo, hojitas. Todo en el diminuto soporte de una uña.

Uñitas

“La competencia es el problema”, se lamenta. “Hay muchos sitios como éste y cada vez más chicas que saben cómo pintar. Son universitarias, vienen por horitas. Algunas son tan bonitas, que las dueñas de los locales las eligen a ellas”.

Sobre el pago, Marcia explica que a las nuevas la dueña les reconoce el 35% de lo que ganan por clienta; las antiguas reciben 50%. “Sólo de eso, nadie podría vivir”.

La versión en inglés:

Painting Nails in Bolivia: A Job but Not a Living

This post by Mabel Franco was originally published in La Pública and is reproduced here through our collaboration agreement. 

We’ll call her Claudia. It’s not her real name, but she wishes to remain anonymous to protect her job. It’s not the greatest job, but it’s the only job she has found, one month ago, and it is so unstable that she can’t afford to arouse her boss’s suspicions.

Claudia is in her 20’s. She is the mother of two little girls and has a husband who works in a photocopy shop. “What he earns isn’t enough, so I help out”.

She studied hairdressing at an institute, but found work in a nail salon, painting designs onto nails.

In a mid-sized shop, in the Sopocachi area (central west of La Paz, Bolivia), with large windows to the street, she along with three other girls are seated behind little tables, waiting for customers who desire to have exquisite nails.

It is Tuesday afternoon, so there isn’t much going on. Only one of the manicurists is busy. Claudia and the others are taking a nap, resting half on the tables.

A customer arrives and the women quickly sit up.

Claudia hardly says a word. It is difficult to get her to talk, even more so when it is about her work. As the chosen design is very detailed — each nail with a different design — there is time to overcome her resistance.

“I work part time, but there are other girls who work all day. I do afternoons.”

From 14:00 to 21:00, she then says.

As it is almost 17:00, one of the girls goes out to buy something to eat: some empanadas for 1.50 Bolivianos (US$.22 cents). They all put in.

So seven hours is part time.

How much do you earn? That depends. The boss pays us a percentage of what each customer pays, and the amount each customer pays also depends on the design.

Claudia avoided the question of what the percentage was.

“I take home 800 Bolivanos (US$116.29) if it’s a slow month, and up to 1200 (US$174.43) Bolivianos if it’s busy,” she revealed in a low voice.

I have to believe her, even though Marcia, another lady who works in central La Paz painting nails, comments that is not always the case.

There is no signed contract with the Department of Labour. Only a private agreement that doesn’t include bonuses. Claudia is not sure if the owner of the store will give her something extra at the end of the year.

“If only.”

Nail after nail, the conversation becomes more animated. Not knowing how, Claudia ended up talking about her mother’s town, Caquiaviri.

“I know it,” I tell her. “There is a beautiful church there”.

She seems surprised, and for the first time she looks me in the eye and smiles.

“I have travelled a lot around the Altiplano region,” I say. “I have heard some beautiful stories, and also some terrifying ones.”

Claudia livens up and recalls the fear she felt with her little sister walking though a town at night with no electricity, but with many stories of apparitions and even UFOs.

Dots, stripes, red, white and black, my nails are looking wonderful. Claudia is unrecognisably chatty.

“This government is ruining us with their double bonuses,” she complains.

Why? Everything has gone up. The sellers at the market say: they have money, let them pay. I tell them that we don’t all get a double bonus, but they don’t care. If there’s a march against it or something like that, I’ll take part.

Done. The final layer of clear varnish has been applied. While I blow on my nails to dry them off, Claudia fills out a docket detailing the job. Fifteen Bolivianos (US$2.18), some of which will go to her.

Marcia, a perfectionist

Marcia is a dynamic woman.

“Those who don’t know me think that I’m a troublemaker, but I’m not.”

She describes herself as someone who could pass for the owner of a shop where a dozen girls paint nails.

The salon is set amongst a group of offices in a building with few windows, it smells so strongly of chemicals “sometimes I go home with a headache or feel almost drugged,” explains the mother in her 30s, whose only son, a young university student, still needs her help.

In the shop there is only one man behind a table. He is not there to paint nails, however, he is there to note down what gets done by the owner’s staff.

The owner has another hairstyling and nail salon on the next floor.

Claudia mentioned some boys were keen to become manicurists, something that interested us.

Marcia, looking at the young boy, said out loud: “You know how to stamp nails [a method of painting nails], right?”

“Of course not,” said the boy, embarrassed.

His colleague explained: “He’s worried people will think he’s gay.”

Marcia says she has worked in the profession for so many years that she is now independent.

That means she pays the owner rent as well as buying her own nail polish, and, in return, can work at the salon independently, charging her own rates.

There’s no bonus or holidays or health insurance. She lives each day at the mercy of God.

How much do you earn?

Not enough, is her reply.

“So I don’t only paint here, I work out of other places too and I also do hairstyling, which I studied.”

You should call Marcia an artist. A flower, chosen from a plenty of designs, begins to cast a shadow, growing a stem and leaves. All on the miniscule canvas of a nail.

“Competition is the problem,” she complains.

There are many places like this and every day there are more girls that know how to paint. There are university students that come for a couple of hours. Some girls are so pretty that the owners choose them straight out.

Regarding pay, Marcia explains that the owner pays the new girls 35% commission, while long-serving staff pay 50%.

“No one can live on this alone.”

Visto 5737 veces Modificado por última vez en Lunes, 04 Julio 2016 15:45
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